Jorge Barraza

Fútbol de ayer y de hoy

Parecía Holanda del ’74

Si Rinus Michels hubiese podido levantarse de su tumba y ver Estados Unidos 4 – Paraguay 1 habría vuelto a descansar satisfecho: “Mi Fútbol Total no ha muerto”. No, el viernes lo reeditó la selección norteamericana con una exhibición que impactó al planeta: fue una armónica, preciosa y aplastante demostración de dinámica, juego asociado, dominio abrumador, decenas de llegadas al área rival, superioridad física, mental y futbolística. Nos recordó mucho a aquella Naranja Mecánica que deslumbró en el Mundial ’74 y presentó al mundo una nueva forma de practicar este deporte, que lo dividió en un antes y un después.

 El equipo de Mauricio Pochettino regaló una actuación lujosa. Redujo a Paraguay a una expresión ínfima, casi ridícula. Parecía Zaire en 1974. La Albirroja tiene en su historial una mancha fea: en Suecia 1958 cayó ante Francia 7 a 3. No vimos aquello, aunque seguro no fue tan humillante como lo de este viernes en Los Angeles. En el palco, junto a Gianni Infantino y Marco Rubio, el presidente paraguayo Santiago Peña trataba de absorber el golpe con flema y dignidad. Por dentro masticaba ladrillos. Porque el fútbol no es solamente un deporte, sino mucho más que eso, refleja la identidad nacional, en ese momento golpeada de modo inmisericorde. 

Fue 4 a 1, pero si era 8 a 1 estaba perfecto, acorde al trámite. La memoria se acciona enseguida y empieza a pensar hacia atrás. No recordamos otro arrasamiento tan brutal. Nos viene a la mente aquel cruel Hungría 10 – El Salvador 1 de España ’82. No obstante el resultado catástrofe, El Salvador mostró al mundo esa tarde a Jorge González, El Mágico, un crack maradoniano. Sólo su vida de excesos e indisciplinas le impidió ser una estrella mundial. Tan fenomenal era El Mágico que Juan José Panno, periodista de El Gráfico enviado a Elche a cubrir el partido, lo dio como la figura pese al 1-10. Lo calificó con 8 puntos, igual que a Tibor Nyilasi, autor de dos goles. Pero con el salvadoreño como jugador más destacado. En cambio, lo de Paraguay fue el páramo, la nada. 

Este aniquilamiento habla muy mal del fútbol sudamericano. Paraguay fue considerado la revelación de la Eliminatoria Sudamericana pese a terminar sexto. Y marcando apenas 14 goles en 18 cotejos, a 0,78 gol por partido. Juan José Cáceres, el lateral derecho que resultó arrasado por Pulisic en el primer tiempo y por Antonee Robinson en el segundo, era suplente en Lanús y titular en la Selección Paraguaya. Algo no coincidía. Ante USA se vio la modestia de ciertas individualidades. Para Paraguay es un golpe de nocáut porque queda maltrecho para conseguir incluso el tercer puesto que da acceso a los dieciseisavos de final. Le quedan dos rivales bravísimos: Turquía y Australia. 

Todo ello agravado porque se había desatado una euforia nacional sin límites, casi insólita, azuzada también por el verbo grandilocuente de su técnico Gustavo Alfaro, constructor de castillos invisibles. Se apeló mucho a “la histórica garra paraguaya”. Pero ahora con garra sola no alcanza. Hay que jugar con movilidad, ideas tácticas y aptitudes técnicas. Antes del duelo, hinchas guaraníes eran entrevistados por ESPN al llegar al SoFi Stadium y mostraban un optimismo colosal: “Ganaremos 3 a 1”, decían algunos. Otros apostaban por el 2 a 0. Todos con una seguridad absoluta. La despedida del plantel en Asunción fue grandiosa, seguros todos de hacer historia.

Aparte, en Sudamérica existe la creencia de que la Concacaf es un continente de cuarta categoría futbolísticamente. Sin embargo, el fútbol, como la tecnología, está cambiando a gran velocidad. Es verdad que fueron locales, pero los tres representantes de Concacaf aprobaron con nota alta. México, aunque sin brillar, ganó bien a Sudáfrica. Canadá gustó mucho y superó claramente en el desarrollo a República Checa, aunque cedió un empate, y Estados Unidos, lo dicho, subyugó.

Vaya un extraordinario reconocimiento a la MLS, que es vista en América del Sur como un “cementerio de futbolistas”. “Esa liga es un chiste”, dicen. “Juegan solteros contra casados”. Pero, según Opta, la prestigiosa empresa británica de análisis deportivo, la MLS es la liga de mayor crecimiento mundial. Y de esta liga han salido 25 de los 26 futbolistas estadounidenses que sometieron a Paraguay. La MLS aportó dos titulares, el arquero Matt Freese (New York City) y el capitán y zaguero Tim Ream (Charlotte FC); Sebastian Berhalter (Vancouver Whitecaps) entró en el ST. Otros cinco estaban en el banco: Miles Robinson (Cincinatti), Cristian Roldán (Seattle Sounders), Maximilian Arfsten (Columbus Crew), Chris Brady (Chicago Fire) y Matt Turner (New England Revolution). Otros 17, que ahora actúan en Europa, están ahora en Europa pero salieron de la liga local. 

No es un chiste ni un cementerio. La norma de 23 años permitió que los clubes pudieran contratar hasta cuatro futbolistas sub 22 sin límite de contrato ni de fichaje. Esto rejuveneció la competición y la tornó físicamente más fresca, más fuerte. Desde 1996 Invirtieron 11.000 millones de dólares en infraestructura y crecen las escuelas de fútbol. Cuidan todos los detalles, eso la mejora cada temporada y se traduce en el nivel de la Selección. Hace 7 meses Estados Unidos goleó a Uruguay 5 a 1. Paraguay tal vez no tomó nota. O la tomó, pero fue impotente de todas maneras.

Gustavo Alfaro declaró tras el duro golpe: “Nos superaron en el plano táctico, técnico y físico”. Cierto, también agregaríamos el anímico. Y amplió: “Hay determinados niveles donde con el orden defensivo, la garra, la templanza y el correr no te alcanza”. Es que no hubo orden defensivo ni garra ni lo demás. El partido se jugó casi íntegramente en campo paraguayo. De este palo emocional no se sale con charlas nomás. El jugador pasa a dudar de todo lo hablado y practicado en cuestiones tácticas, incluso de sus capacidades.

Mención de honor para Christian Pulisic (del Milan AC), que hizo lo que quiso en la banda izquierda con habilidad e inteligencia. Para Folarin Balogun (Mónaco), autor de dos golazos. Para Sergiño Dest (PSV Eindhoven). Para Weston McKennie (Juventus). Para Giovanni Reyna (Borussia Mönchengladbach), autor del maravilloso cuarto tanto. Y especialmente para el sensacional lateral izquierdo Antonee Robinson (Fulham), que compuso un festival de fútbol por su costado, cortando juego y elaborando bonitas jugadas de ataque. Fue un fútbol proactivo y modernísimo en el de los dirigidos por Pochettino, con enorme porcentual físico, pero pleno de belleza. A propósito de Pochettino, hasta hace unos meses se dudaba mucho de su capacidad. Con esto tapa todas las bocas.

Lo escribimos: este es un Mundial abierto. Hay muchos postulantes, puede haber un campeón nuevo. Y ojo con Estados Unidos. Jugando así se agrega a la lista de candidatos.

Hola, Mundial, ¡bienvenido…!

A Estados Unidos habría que concederle desde ahora el Mundial del 2326. Para asegurarse que por trescientos años no vuelva a albergarlo. No es el país más adecuado para hospedar un Mundial. Por su elefantismo y por las distancias siderales entre las ciudades sedes. ¡Que son once…! Es incómodo, impráctico, tortuoso. De Seattle a Miami hay 4.395 km en línea recta. Mil más que de Madrid a Moscú. Es como si se organizara una edición Italia-Brasil 2048, hoy un partido en Milán, mañana uno en San Pablo, pasado en Florencia y luego en Porto Alegre. Se pierde la noción de sede, que representa uno de los atractivos de esta fiesta deportiva. El origen de todo es Olimpia, la ciudad de Grecia donde se realizaban los antiguos Juegos Olímpicos cada cuatro años. De allí surge la idea madre de estos eventos deportivos universales: aglutinar deportistas y espectadores en un solo sitio. Canadá, Estados Unidos, México 2026 es la antípoda.

Por eso y porque todo es carísimo en USA. En exceso. Que sumado al desmesurado afán recaudador le quita al fútbol su esencia popular, uno de sus costados más bellos. El fútbol es de todas las clases, pero los Mundiales se han transformado en eventos exclusivos para millonarios. Como añadido, de cada diez noticias que emanan del torneo, la mitad tiene que ver con dinero. Los miles de dólares que vale una entrada para la final, los miles de millones que generará el torneo, la fortuna que cuestan los derechos de transmisión, etcéteras varios. Se habla más de dinero, de corporaciones, de negocios, de ingresos, que del juego. Todo ello potenciado por Gianni Infantino, el omnipresente titular de la FIFA. Gianni está feliz, ama a Benjamin Franklin (el de los billetes de 100), vive en Miami y es amigo de Donald Trump. Y en 2030 nos espera un Mundial en seis países.

“Los Mundiales se han convertido en un espectáculo desagradable en general por las dificultades logísticas que presentan en el entorno administrativo corrupto del fútbol. Lo noté como un shock cuando pasé del Mundial de Catar a los Juegos Olímpicos de París. La noche y el día. Un evento pensado para las élites frente a otro ideado para los deportistas, los seguidores y la comunidad que los acoge”, nos dice Diego Torres, notable periodista de El País, de Madrid.

En favor de la estadounidense, dígase que es una nación que ama profundamente el deporte y va en camino a convertirse en futbolera. El fútbol es como una enredadera que va avanzando sin pausas, termina cubriendo todo el muro. Pasó en Venezuela, el fútbol era el quinto deporte detrás del béisbol, el box, el básquetbol y el atletismo. Finalmente los aplastó. Así fue en todos los países donde no era el más popular. Algún día no lejano Estados Unidos se le rendirá.

Este Mundial tiene, prima facie, dos caras, la deportiva, que es la pulpa, y la organización, que es la cáscara. La segunda está presidida por un casi obsceno afán recaudador. Por esto mismo será el Mundial más rentable de la historia. La FIFA espera embolsar para sí 9.000 millones de dólares. Entradas, parqueos, hoteles, taxis, vuelos, mercadeo… Todo rubro es apto para enriquecerse. Un mínimo ejemplo: el Fan Fest. Es un espacio para los hinchas que no tienen entrada y pueden reunirse en un parque o un amplio lugar abierto, ver el partido en pantallas gigantes, con música, juegos, actividades diversas y disfrutar de servicios y locales gastronómicos. Alemania los montó por primera vez en 2006 en cada una de las ciudades sede y fue un éxito notable, al punto de que FIFA, en adelante, adoptó los Fan Fests como parte complementaria del torneo. Es una forma de ampliar el alcance del Mundial a muchos miles más, pues en los estadios no hay lugar para todos los que desean estar. En ocasiones hay más gente en el Fan Fest que en el partido mismo. Van cien mil o más aficionados. Un acierto notable. Están a cargo de las alcaldías. Siempre fueron gratuitos. Esta vez será pago y costará entre 10 y 12,50 dólares el ingreso en Nueva York y Los Angeles. Hay una voracidad mercantil exagerada. Quizás no del país, sí de la empresa privada.

Las críticas europeas, sobre todo francesas, como siempre, son descomunales. Todo lo que no se hace en Europa debe ser condenado. París, recordamos, fue anfitrión de la final de Champions 2022 entre Real Madrid y Liverpool donde decenas de miles de espectadores españoles e ingleses fueron robados y agredidos salvajemente por ejércitos de delincuentes sin que la policía atinara a algo más que observar. Y hace dos semanas vimos como casi se incendia la ciudad de la Torre Eiffel tras la victoria del PSG sobre el Arsenal.

Desde luego, cuando empieza a rodar el balón, el juego acapara la atención general. Ahora los Mundiales son televisivos, lo que acontece detrás de cámaras o de las tribunas hacia afuera a los centenares de millones de espectadores de todo el mundo no les interesa porque además no lo ven. Les importa el show futbolístico y sobre el césped puede ser un Mundial abierto a una docena de pretendientes al título. Hace cuarenta años o más había cuatro aspirantes a la corona: Alemania, Italia, Brasil y Argentina. Y punto. Mucho después, afortunadamente, se agregaron España y Francia y hoy son grandes animadores. Tanto que lideran el favoritismo para quedarse con la corona. No obstante, aparte de los que ya fueron campeones alguna vez hay que contar a otros aspirantes, lo que llamamos el nivel B: Portugal, Noruega, Marruecos, Japón, Senegal, Bélgica, Costa de Marfil… Tenemos en muy alto concepto a Ecuador, Uruguay y Colombia. Esto le confiere un atractivo adicional. Todas las selecciones han perdido el miedo a los grandes. Lo demostró Arabia Saudita en 2022 venciendo a Argentina con autoridad, Japón a España y Alemania, Túnez a Francia, Australia a Dinamarca, Marruecos tumbó a Bélgica primero y luego eliminó a España. Son demasiados casos en un solo Mundial.

Será un torneo de largo aliento: 8 partidos y 39 días para dar la vuelta olímpica. El que llegue y logre permanecer los 39 con mayor frescura física hará diferencia. Y en esto pueden prevalecer las selecciones con mayor componente afro, sin duda la raza atléticamente más apta. Casi todo el planeta dice que el campeón no saldrá de España o Francia. El primero por juego, el segundo por jugadores. Pero no les será tan placentero, Brasil, Alemania, Argentina, Inglaterra tienen cosas que decir. Nadie podrá ver los 104 partidos, habrá que elegir uno, tal vez dos por día.

Hoy, el fabuloso estadio Azteca alojará 87.000 almas para escenificar México-Sudáfrica. La construcción del colosal escenario del DF comenzó en 1962, pero luce cada vez más imponente. Es el único lugar que levantará por tercera vez el telón de un Mundial, antes, en 1970 y 1986. Un honor notable. México tiene tradición de organizador eficiente de grandes eventos. En 1964, cuando fue designado sede para 1970, se comprometió a construir un recinto grandioso (el Azteca) y a televisar los partidos al mundo entero en directo. Cumplió. Desde entonces le confían. Y fue el primero en montar el Mundial y los Juegos Olímpicos de manera consecutiva para aprovechar infraestructura y cuadros organizativos. Luego lo hicieron Alemania (1972 y 1974), Estados Unidos (1994 y 1996). México y Canadá tendrán 13 partidos cada uno, los 78 restantes en la patria de Washington.

Llegó el día, ¡bienvenido Mundial…!

Messi, en la mesa de Pelé y Maradona

Cuando el 2 de diciembre de 2010 Joseph Blatter extrajo de un sobre una tarjeta blanca, la miró y dijo “Para organizar el Mundial 2022 el elegido es… Catar”, una ola de asombro y estupor recorrió los caminos del fútbol. El minúsculo emirato sin tradición futbolera, lejano a los centros del poder y de 2,6 millones de habitantes se comprometía a acometer la gigantesca empresa que significa el mayor evento contemporáneo. ¿Podría…? La perplejidad aumentaba porque había vencido en la puja a Estados Uidos. Por territorio, Catar entra 174 veces en el país de Washington y por población 170. ¿Qué había pasado…? “Compra de votos”, se dijo. Su única ventaja era que tenía 12 años por delante para montar el torneo con todos sus resortes colaterales. En todo ese tiempo intentaron quitarle la designación por diversas causas, pero los supuestos arreglos en la elección no pudieron comprobarse (tampoco los de Alemania 2006), el tiempo fue pasando, las obras cataríes avanzando a buen ritmo y, con el Mundial a la vista, ya no hubo cómo voltearlo: Catar 2022 se hizo realidad. 

¡Y vaya realidad…! País, organización, público y fútbol. En los cuatro ítems que componen una Copa del Mundo, Catar sacó diez sobre diez. Será muy complicado superar eso, y muy improbable que pueda igualarlo un torneo monstruoso y extendido como el de Estados Unidos, Canadá y México, con 48 equipos y 16 ciudades distantes miles de kilómetros unas de otras. Contra todo, Catar 2022 fue grandioso, hubo más amores que odios y más aplausos que silbidos. Fue el primer Mundial que no se disputó a mitad de año sino entre noviembre y diciembre. Se corrió para jugarlo en la época de menos calor. Igual, los estadios estaban refrigerados. 

El montaje fue óptimo: un Mundial de excelencia, como si hubiese hecho varios anteriormente, nada falló, cero improvisación. Un año antes contrataron expertos internacionales en todas las áreas que componen una organización de este porte: estadios, hotelería, transporte, seguridad, boletería, turismo, protocolo, prensa, centros de entrenamiento, campos de juego. Lo había anticipado Batistuta, quien jugó allí: “Dos cosas son seguras, todo estará perfecto y será muy cómodo, en media hora se va de un estadio a otro”. Tal cual. Y todo estuvo pronto desde el primer día. “No queremos seguir dando capas de pintura mientras las personas llegan al país”, había señalado Ali Shareef Al-Emadi, ministro de Finanzas. Así fue.

Cuando Blatter extrajo aquella tarjeta en 2010, Lusail era sólo arena, a la que concurrían pescadores locales. El 18 de diciembre de 2022 ya era una impactante ciudad, en cuyo fantástico estadio se disputó la final, la mejor de la historia, por cierto: 3-3. Una exhibición lujosa y aplastante de Argentina durante 80 minutos. Pero cuando despertó Mbappé se desató la tormenta perfecta. Las finales salen siempre calculadas, sin asumir riesgos, sin embargo, Scaloni fue a ganar de entrada y se dio un volcán de emociones. Para el hincha neutral resultó formidable. Seis goles, tiempo extra, penales y una docena de situaciones dramáticas frente a los arcos. Mensaje de WhatsApp de un amigo boliviano: “Hemos visto el partido en familia bordeando el infarto”.  

La novedad fue el concepto de “Mundial compacto” -todos los estadios en una misma urbe- fue algo nunca visto para los aficionados, que pudieron asistir hasta a dos partidos durante las primeras fases del campeonato, con trayectos cortos entre las sedes. Desde luego, por autopistas impecables, tren, metro y bus. Y todo gratis. Algunos inquietos lograron la “hazaña” de ir a tres juegos en un día, aunque sólo para sacarse el gusto y contarlo luego.

El público asiático fue multitudinario, festivo, pacífico. La FIFA ganó un mercado gigante: Asia tiene 4.000 millones de habitantes y se apasionó por el fútbol (en ello Messi tiene mucho que ver, lo adoran). Europa le dio la espalda al torneo, pero no fue óbice para que se llenaran los estadios. El África árabe también aportó: Marruecos y Túnez llevaron decenas de miles de seguidores. El eurocentrismo ciego predica que todo lo que no se hace en Europa está mal, no sirve y no hay que tomarlo en cuenta. Y, de ser posible, boicotearlo. Rusia 2018 fue también un Mundial fantástico en lo organizativo, pero Rusia es mala palabra para los países cercanos al meridiano de Greenwich y los periodistas de Occidente se cuidaron de dedicarle cualquier elogio. El boicot a Catar fue brutal. El diario inglés The Guardian aseguró que hubo la impresionante cifra de 6.500 trabajadores muertos en la construcción de los estadios. Pero no ofreció documentación probatoria alguna. Nadie confirmó las muertes ni se dieron listas de nombres. El Gobierno catarí contrarrestó: “Sólo se registraron tres fallecimientos por distintos accidentes en las obras”. Hay 6.497 muertos de diferencia.

Una extraordinaria Argentina conquistó su tercera corona. Jugó con seguridad de asombro. Borró a Francia de la cancha durante 80 minutos, mostró alta técnica, inteligencia táctica y, sobre todo, carácter. Aplastó a Croacia, superó a Holanda en los primeros 70 minutos y en todo el suplementario, ganó con amplitud a Polonia y a México. Y las dos veces que fue a penales, se impuso psicológicamente a sus rivales. Sin dudarlo, el mejor del torneo. Y se llevó todos los premios individuales. Pero, como España en 2010, arrancó perdiendo. ¿La revelación …? su DT, Lionel Scaloni. Técnico joven, audaz, armó desde cero un equipo que tocó como una orquesta de cámara. 

La estrella del torneo, Lionel Messi. Brilló alto. Un hombre de 35 años y medio (a esa edad medio año cuenta) que en lugar de elegir el retiro se preparó física y mentalmente como nunca para llegar y ganar el título. Y lo logró. Dejó todo en pos del objetivo. Siete goles en siete partidos, tres asistencias, jugó los 690 minutos que estuvo Argentina en campo, más otros 90 de tiempo adicionado. Y fue la mente, el cuerpo y el alma del campeón. Pasarán décadas y se seguirá recordando como “el Mundial de Messi”. Argentina cayó en el debut ante Arabia Saudita y en el siguiente juego empataba 0-0 con México jugando mal. Pero a los 63 minutos Messi marcó un gol colosal, ganaron 1 a 0 y la Albiceleste se encaminó al título. Ahora sí Leo se había situado junto a Pelé y Maradona como los tres mejores de la historia.

El once ideal para este cronista: Dibu Martínez (Argentina); Hakimi (Marruecos), Cuti Romero (Argentina), Otamendi (Argentina), Alphonso Davies (Canadá); Ounahi (Marruecos), Modric (Croacia), Mac Allister (Argentina), Bellingham (Inglaterra); Messi (Argentina), Mbappé (Francia). 

Catar marcó el adiós de las selecciones pequeñas al miedo, al respeto casi reverencial por las más grandes. Arabia Saudita derrotó a Argentina, Japón a España y Alemania, Túnez a Francia, Australia a Dinamarca, Marruecos a Bélgica y eliminó a España… Más allá del resultado, impactó la forma desenvuelta y decidida como salieron a enfrentar a rivales en apariencia superiores. Pueden ganar o perder, pero ya les juegan sin complejos. 

Se marcaron 172 goles, la máxima cifra en los 22 Mundiales. Se mejoró el promedio de las seis ediciones anteriores: 2,68 por juego. Se vieron partidos espectaculares, juego veloz, de notable intensidad y con una prestación física fabulosa. Nadie paró de correr. Y ahora los partidos no duran 90 minutos. En la final, entre regular y extra, hubo 21 minutos de tiempo adicional. O sea, 141 minutos más los penales. Y podían seguir.

Francia, donde no pudo Napoleón

¿Cómo se dirá felicidad en ruso…? Vladimir Putin guardó al máximo su compostura, aguantó lo más que pudo su euforia interior y puso una sonrisa diplomática para no herir al príncipe heredero Mohammad bin Salmán, de Arabia Saudita. Aleksandr Golovin, la gran figura emergente del fútbol ruso, acababa de cerrar el resultado con un precioso tiro libre: 5 a 0. Un 5 a 0 no se festeja en la cara del adversario, menos si es una majestad.

Pero daba para sonrisa, abrazo y grito. Fue una tarde redonda de Rusia. El inicio del Mundial -siempre una prueba de fuego para el anfitrión-, la impecable ceremonia inaugural, el espléndido clima primaveral, el espectacular triunfo sobre Arabia Saudita… Un combo feliz. Inolvidable comienzo mundialista ruso. ¡Cinco goles…! Recordamos aquellos tiempos en que el partido inaugural acostumbraba ser un bodrio y salir 0 a 0 dejando a todos con una mueca de hastío. Fueron cuatro Mundiales seguidos, de 1966 a 1978, en que el partido que debía ser un gustoso aperitivo, terminó sin goles. Y en 1982 Bélgica venció a Argentina 1-0. Una sola vez se sacudió la red en cinco partidos inaugurales. Pero adoramos tanto el fútbol que tragamos y seguimos con la ilusión intacta.

La ceremonia de apertura, siempre un desafío de creatividad para no repetirse o querer ser demasiado original, fue breve. Nadie se enojó, la gente siempre está ansiosa por el plato fuerte, el juego. Y fue fuerte pese a que se medían los dos equipos más bajos del Ránking Mundial: los saudíes en el puesto 67 y los rusos en el 70. Pese a ello, compusieron un partido atractivo, intenso y dinámico. Toda Rusia se fue a dormir feliz: tres puntos y 5 goles a favor en un grupo que era el único de los ocho con un ganador prácticamente seguro -Uruguay-, y tres rivales de similar potencialidad. En los Mundiales los puntos hay que sumarlos en los dos primeros compromisos. Luis Felipe Scolari aportaba la receta del éxito: “En los Mundiales, lo primero que se requiere para ser campeón es ganar el grupo”. Eso permite un camino más alfombrado hasta la final”.

Para reflejar que el país más grande de la Tierra no es futbolero digamos que el gigantesco e impactante estadio Luzhniki no se llenó el día del debut de Rusia. Pese a que Moscú es una capital inmensa, cercana a los 15 millones de habitantes, se ocuparon 78.011 asientos de los 81.500 disponibles. Se veían claros en las butacas más costosas. En otra nación con más tradición la gente mataría por una entrada, allí no. Como agregado, la FIFA informó que, al momento del inicio, aún quedaban 120.000 entradas sin vender. No vimos reventa en los alrededores de Luzhniki, algo tan común en los Mundiales. Pero allí fue severamente advertido que no se toleraría dicha práctica.

En el estreno, los hinchas rusos ocuparon toda una tribuna detrás de un arco, completa. Y luego se los advertía mezclados en los demás sectores, salpicaditos, pero se notaba una gran mayoría de extranjeros. Y el festejo fue moderado. Al retorno, en los pasillos y escaleras mecánicas del Metro (el fabuloso Metro de Moscú), se escuchaba alguna tímida celebración o alguien que cantaba “Rusia, adelante, Rusia, adelante…” Y nadie se prendía. Algo impensable en nuestras canchas, donde las barras rompen todo cuando se enojan por perder o cuando están alegres por ganar. Había satisfacción, no emoción. Así son.

Rusia presentó 11 ciudades y 12 estadios, uno mejor que el otro: Kaliningrado, Kazán, Moscú, Nizhni Nóvgorod, Rostov del Don, San Petersburgo, Samara, Saransk, Sochi y Volgogrado en la parte europea, y Ekaterimburgo en la asiática. Fue el primer Mundial en Europa del Este.

Rusia 2018 será recordado como el punto de partida de una nueva era: la del VAR. Nunca una medida reglamentaria fue tan buena y generó tanta polémica en este deporte. “Mataron el juego”, “No miro un partido más”, “El fútbol se terminó”, “Le quitaron su esencia”, … (¿la equivocación es su esencia?). Fueron “apenas” algunos de los millones de veredictos apocalípticos vertidos en su arranque. Hoy, si un partido se juega sin esa herramienta tecnológica, hasta los más acérrimos opositores preguntan: “¿Cómo, no hay VAR…?, es una vergüenza”. Ya se había probado en otros torneos, pero este fue el arranque formal. Y ha sido un éxito notable. Derrumbó todos los pronósticos pesimistas de que arruinaría el fútbol: lo mejora, lo transparenta. Todas las veces que se utilizó este recurso, fueron positivas. Les permitió a los jueces corregir errores serios. Los chicos que también nacieron en 2018, cuando tengan quince o veinte años preguntarán sorprendidos “¿En serio antes no había VAR en el fútbol…? ¿Y cómo era…?”

Portugal 3 – España 3 será siempre recordado. Fue de los primeros partidos y le dio el tono a la competencia: Espectacular, vibrante, cambiante. Un prospecto del fútbol actual. Ganaba Portugal, lo volteó España, emparejó el vecino. El mundo esperaba un gran clásico y lo brindaron. Fue la noche de Cristiano Ronaldo: fabulosa. Convirtió los tres de Portugal, uno de vivo, en el que pateó rápido de zurda, sin acomodarse, para sorprender a De Gea. Uno de penal y otro de tiro libre, ambos espléndidos por la académica ejecución. Por si acaso, ambas faltas se las habían cometido a él. Quedó la sensación de que fue España 3 – Cristiano 3. Sin embargo, fue la única actuación de CR7 en cinco Mundiales que disputó. Antes y después, decepcionante.

Igual de decepcionante fue la actuación de la Argentina de Sampaoli. La relación del plantel con el técnico era caótica. Se dijo que le habían dado un golpe de Estado. Sampaoli dijo “Bueno, entonces no dirijo más”. Los jugadores le respondieron: “Dirija, pero no traslade su locura al campo de juego”. Argentina se fue rápido, en octavos, al caer ante el campeón, Francia, 4 a 3. En su debut había empatado 1-1 con Islandia, un país con una población masculina de 200.000 individuos.

En 1812 Rusia fue la tumba de los ejércitos napoleónicos. De los 600.000 hombres que llevó Napoleón en sus delirios imperiales sólo 100.000 volvieron a casa. Salvos, aunque no sanos. Los otros murieron por frío extremo, hambre, agotamiento, enfermedades, combates, accidentes. La catástrofe del río Berézina fue tan descomunal que aún en Francia, para describir un desastre, se dice “un Berézina”. Pero quiso el destino, y también Griezmann, Mbappé, Pogba, que el emperador tuviera revancha doscientos seis años después. La selección del gallito en el máximo proscenio ruso. Allí recibió la Copa Mundial tras vencer en la final a Croacia 4 a 2.

Tras un discreto comienzo de grupo en el que venció a Australia (2-1) y Perú (1-0) para luego empatar con Dinamarca (0-0), Francia tuvo un buen embalaje en la fase eliminatoria: 4-3 a Argentina, 2-0 a Uruguay, 1-0 a Bélgica y la referida final ante la sensación de la Copa: Croacia. Fue una Francia pragmática, estudiosa, conservadora, aunque inobjetable ganadora por números (6 triunfos y un empate, 14 goles, 8 en contra), por figuras (Griezmann, Kanté, Mbappé, Varane, Pogba, Lloris, Pavard, Umtiti, Hernández…), por solidez defensiva y oportunismo en ataque, por inteligencia y carácter. No hizo un fútbol gourmet como cabe pensar con tantos buenos jugadores, más bien todo lo contrario.

Telón. La Torre Eiffel se ve invadida por millones como en 1944 cuando la Liberación de París, como en el ‘98 cuando Zidane y sus amigos le dieron la primera gloria. Francia bicampeón mundial. Honores y champán.

La Alemania del 7-1 a Brasil

Montar un Mundial, gastar 15.000 millones de dólares, construir o remodelar doce estadios, mejorar aeropuertos, transporte, comunicaciones y que te eliminen con un 7 a 1 en tu casa… es muy duro. No pasa ni en el cine. Le ocurrió a Brasil en 2014. Y Alemania levantó el pie del acelerador, sino eran diez o doce. 

Brasil fue elegido con mucha antelación para organizar la Copa, siete años antes, pero en la misma mañana del partido inaugural -Brasil 3 – Croacia 1- trescientos obreros trabajaban contrarreloj para terminar las obras en el Arena Corinthians de San Pablo, escenario del juego: Unos pintando, otros soldando butacas, arreglando carteles… Así fue en las doce sedes. Pero, como sucede siempre, cuando comienza a rodar la pelota el juego acapara toda la atención y la prensa internacional deja a un lado el tema organizativo, las obras inconclusas, los proyectos que ni siquiera arrancaron, las huelgas y protestas sociales. El descontento fue tan grande que ni la presidenta Dilma Roussef ni Joseph Blatter hablaron durante la apertura oficial del torneo (tampoco en la clausura), lo cual es muy explicativo de cómo estaban los ánimos con la política.

Advertimos dos Mundiales. El del juego, excelente, el mundo entero lo vio, hasta un 0 a 0 llegó a ser sensacional (Holanda-Costa Rica), y el de la trastienda. Este, excepto los estadios, fue el Mundial más caserito de todos. No se vio nada nuevo ni impactante. El pueblo brasileño aceptaba las cuantiosas erogaciones públicas si se beneficiaba con obras complementarias. Pero estas no se vieron. El Ministerio de Planeamiento del país admitió que sólo el 30% de las obras prometidas para el Mundial se cumplieron. 

Se levantaron colosales estadios, carísimos. Y demasiados. FIFA había sugerido 8 sedes, Brasil pidió 12. Ello elevó los costos y además trajo aparejado otro problema: ¿qué hacer con algunos de ellos? El diario O Globo, de Rio, publicó una amplia nota titulada “Destino incierto”. Y dijo: “Superdimensionados, tres estadios corren el riesgo de convertirse en elefantes blancos tras el Mundial”. Se refería a los de Manaos, Brasilia y Cuiabá, que ni siquiera tienen equipos de fútbol de primer orden. Las preguntas de O Globo: “¿Quién mantendrá a estos colosos?, ¿para qué se hicieron…?”

Hubo muchos inconvenientes con los campos de juego, se levantaban y quedaban en estado lamentable durante los partidos. O con los servicios en los estadios. O estadios sin terminar. Marca, de Madrid, anunció el último partido de España, ante Australia, titulando: “España acaba su Mundial en un estadio sin acabar”. Hablaba del de Curitiba, que estuvo a punto de ser retirado de la Copa. 

Pero el fútbol tapó todo. Fue como si lloviera café en el campo. Un maná de jugadas prodigiosas, goles bellísimos, partidos notables y figuras enormes. En juego, el mejor Mundial de los 15 que ha visto este cronista. Cero especulación, escasísimos empates. Se perdió la timidez; con poco o con mucho, todos se atacaban y eso produjo un ida y vuelta entretenido, vibrante. 

“Para serte honesto, pensé que nunca se repetiría un Mundial como el de 1970, que me tocó disputar, pero la verdad en esta Copa me he deleitado, por la entrega, porque es un Mundial donde todos los equipos han venido a ser protagonistas. Me he quedado maravillado con todo”. La frase pertenece a un grande del fútbol, con 10 goles en su foja a lo largo de tres copas: Teófilo Cubillas, a quien entrevistamos. “Lo que más me asombró han sido las porterías -continuó-, este ha sido un Mundial de arqueros. Y también el de los grandes nombres; todos los que vinieron como posibles figuras, lo fueron. El único que de repente se quedó un poco y tuvo que volverse rápido fue Cristiano Ronaldo, los demás brillaron todos, especialmente Messi, que tuvo que cargar sólo con Argentina durante toda la primera parte. Lo mismo pasó con Neymar, tanto que cuando él se lesionó pareció como que Brasil se quedaba sin nada. Ante Robben me saco el sombrero, un fenómeno… Y aparecieron algunos jóvenes. Shaqiri me encantó, un atrevido, y el chico de Costa Rica, Campbell ¡qué calidad…!”

Se vio una Holanda magnífica, que apenas declinó en semifinal -y por penales- ante Argentina. Un Chile magnífico, que en los dos años siguientes ganaría dos Copas América. El de Vidal, Alexis Sánchez, Marcelo Díaz, Isla, Medel, Aranguiz, Claudio Bravo, Gonzalo Jara… Una Alemania fuerte, sin estrellas, pero con carácter y funcionamiento.

El 18 de junio abdicó oficialmente el rey Juan Carlos. Ese mismo día también dejó la corona la Selección Española. Doble abdicación monárquica. El fútbol tiene estas perlas que ningún otro deporte puede igualar: el primero de los 32 participantes en irse de Brasil fue el campeón vigente. Increíble. Dos derrotas, cero punto, siete goles en contra, uno a favor… Números inimaginables. España nunca pudo recuperarse del nocáut que le propinó Holanda: 5 a 1. Estaba muerta. Del funeral y del entierro se encargó Chile: 2 a 0 y otra tunda. El brillante tiki-taka pareció envejecido. Le pasaron la guadaña al pasodoble. 

Otro al que se vio totalmente marchito fue al jogo bonito. Brasil avanzó a los tumbos hasta semifinal, sin convencer nunca. Y Alemania lo aplastó con el célebre 7 a 1. Lo peor era el favoritismo desmesurado que reinaba en Brasil. Eduardo Gonçalves de Andrade, el inolvidable Tostão, fue premonitorio en su columna habitual en Folha de São Paulo. Mostraba optimismo con su selección, aunque disparando una crítica velada hacia el conservadurismo del técnico Scolari. Y se preguntaba, como cierre: “La víspera de la final del Mundial ’98, Zagallo dijo que Brasil sólo podía perder consigo misma. Días atrás, Marin (presidente de la CBF) declaró que apenas una fatalidad podía arrancar la Copa a Brasil. Parreira ya ha dicho que Brasil tiene una mano en el trofeo. Arnaldo Ribeiro, de la ESPN, aseguró que Brasil es superfavorito. ¿Alguien pensó en la posibilidad de que Brasil no gane la Copa…?”

Hubo tantas perlas… El golazo de James Rodríguez a Uruguay. Para la historia por belleza y precisión en la maniobra, llena de clase. Pese al golazo de Gotze en la final, el de James sigue arriba. La selección ideal: Keylor Navas (Costa Rica); Vlaar (Holanda), Garay (Argentina), Hummels (Alemania), Yepes (Colombia); Kroos (Alemania), Mascherano (Argentina), James Rodríguez (Colombia); Robben (Holanda), Messi (Argentina), Müller (Alemania). Elegimos una línea defensiva con cuatro centrales porque no hubo marcadores de punta destacados. Algunos medios dieron a Lahm como lateral derecho y a Rojo como izquierdo. Y lo hicieron discretamente bien, aunque no para integrar una selección ideal.

El gigante: Costa Rica. Lo pusieron en el grupo con tres campeones mundiales: Inglaterra, Italia y Uruguay. Terminó invicto. Una actuación inolvidable por táctica, técnica, físico y mentalidad, con varios jugadores sobresalientes: Campbell, Bryan Ruiz, Bolaños, Celso Borges, Óscar Duarte, Keylor Navas… Llegó como Pulgarcito, se fue como Ulises… La aparición: Enner Valencia. Vivísimo, rápido, goleador, guapo, de gran juego aéreo. Como siempre, rebuscándosela solo. La pena: Messi. Jugó un campeonato espectacular, merecía ganarlo, estuvo tan cerca…

La grandeza: de Alemania, 8 finales del mundo (récord) y 4 coronas. Siempre lo busca, siempre está preparado. Por eso corona.

La España del tiquitaca


“Entre toros, fandanguillos y alegrías / nació mi España la tierra del amor. / Nunca Dios pudo igualar tanta belleza / Y es imposible que pueda haber dos…”

Estábamos allí en el Soccer City y apenas dio los tres pitazos el húngaro Viktor Kassai una lágrima comenzó a pugnar por salir. El inmortal pasodoble brotó del corazón latinoamericano. Toda la honda raigambre que nos une a la tierra madre afloró a borbotones, se escapó del alma un grito nacido del cariño: ¡Que viva España…! Aún fresca, la final España 1 – Holanda 0 comenzaba a ser un recuerdo y el cielo del mundo iluminaba con fulgor esa palabra de siete letras: CAMPEÓN. El deporte hispano ha vivido en las últimos treinta y cuatro años una racha de gloria inusual, con tenistas, golfistas, ciclistas, automovilistas, basquetbolistas, ganadores olímpicos de diversas disciplinas, una edad de oro deportiva cuyo recuerdo perdurará un siglo. O más. Pero esto es distinto a todo: ¡España campeón mundial de fútbol…! Es el orgullo máximo de una nación. El globo se pone a tus pies y los clarines de la gloria te saludan jubilosos. Son, en este caso, 45 millones de ciudadanos saliendo a las calles a celebrar, a reír, a llorar, abrazarse, agradecer, a golpearse el pecho de emoción. No hay indiferentes en esto. ¡Qué hermoso es ser campeón del mundo! ¡Qué difícil! ¡Tantos planetas deben alinearse…!

El fútbol es el reflejo perfecto de una sociedad, representa la identidad nacional. Si un país es campeón mundial de fútbol, significa que es un país bueno, importante. No cualquiera alza esa Copa. Se necesita inteligencia, carácter, fortaleza, habilidad, picardía, templanza y una decena de cualidades más para coronarse. Por ello, el 11 de julio de 2010 será una efeméride inolvidable en la vida española. 

Cuando el juez uzbeko Ravshan Irmatov dio el pitazo inicial, la pelota rodó y se consumó el sueño de todo un continente: el primer Mundial africano. Ochenta años pasaron desde Uruguay 1930 para que África pudiera hospedar el más universal de los eventos. El África pobre y expoliada, mil veces esclavizada y ninguneada, tenía su fiesta grande, la que todos ansían: la Copa del Mundo. Se la escamotearon en 2006 en favor de Alemania, pero estaban obligados a dársela cuatro años después. Y así fue. 

Sudáfrica, el único país con segregación racial institucionalizada -el siniestro apartheid-, lo había logrado en nombre de todo el continente. Y pasó la prueba. Después de tantas dudas y críticas previas (se pensó en cambiar de sede varias veces) ese pueblo hecho de rugby sacó una buena nota en fútbol. En forma general cumplió con todas las exigencias y salió a flote. Sacó la cara por África más que dignamente. 

Pitó Irmatov, comenzó el inaugural Sudáfrica 1 – México 1 y al unísono tronaron decenas de miles de vuvuzelas. Los 84.490 espectadores no podían parar de sonreír (todos sonreíamos). Entre tanto entusiasmo, muchas lágrimas cayeron. Fuimos felices de estar pisando ese suelo. Felices de su felicidad. Y a uno de esos 84.490 los ojos se le achinaron de emoción: era Nelson Mandela, el líder supremo de la nación, activista por la igualdad de derechos y Premio Nobel de la Paz, personaje de la humanidad. Por él la Copa recayó en Sudáfrica.

Aunque fuese por un mes, el fútbol, único idioma universal, hizo una obra redentora en el país del oro y los diamantes, de la cebra y el león, del mar y las montañas: la integración racial. Dos días antes del debut, cuando el bus descapotado de los Bafana Bafana (la Selección de Sudáfrica) llegó a Mandela Square, miles de blancos celebraron codo a codo con los negros. “El fútbol les está ayudando a perderse el miedo”, decía Xavi Aldekoa, corresponsal en Johannesburgo del diario La Vanguardia, de Barcelona. “Una amiga mía que no había entrado al Soweto en veinte años se animó a ir a festejar”. Estaban venciendo su desconfianza.

Millones, negros y blancos, vistieron sus casas, sus autos y se enfundaron ellos en los colores amarillo, verde, rojo, negro y azul de la bandera. Todos se sintieron profundamente sudafricanos. Con sorpresa, se vieron hermanados en el sentimiento. Muy significativo en el país que sufrió la más cruel división racial de que se tenga conocimiento. Fue el Mundial del África negra, de Mandela y de las vuvuzuelas, la corneta que es un producto nacional allí. Cada persona tenía una y la soplaba. Se generaba un ruido infernal, espantosamente fuerte, como el zumbido de millones de abejas juntas. 

Diecinueve mil oficiales de los medios fueron acreditados en Sudáfrica 2010. Una cifra colosal que refleja el interés que despierta cada Mundial. En ella se incluyen 3.000 periodistas de medios escritos y páginas de Internet (ya comenzaba a ser preponderante), 900 fotógrafos y más de 15.000 hombres y mujeres de televisión y radio, incluyendo en este rubro a técnicos, camarógrafos y auxiliares. Un auténtico ejército ávido de combate, esto es salir a las calles, a los estadios, centros de entrenamiento y realizar entrevistas, informes, reportajes.

Cuando en el primer partido del Grupo H Suiza venció a España 1 a 0 en Durban, nadie se hubiera animado a vaticinar que de allí saldría el campeón. No obstante, aunque en ese Mundial no le sobró, España tenía fútbol. Venía de ganar la Eurocopa 2008. Y en buen estilo, dirigida por Luis Aragonés, el hombre que cambió la historia de la Selección Española. Desterró para siempre la Furia, basada en el empuje, el ímpetu y lo físico, e implantó el actual estilo de toque y posesión de pelota. “Falleció el padre de la España del tiki-taka”, tituló As en 2014, cuando el adiós a Aragonés. En verdad, la coronación española frente a Holanda entraña un fenómeno importado. El español era un fútbol secundario en el concierto europeo, todo músculo y sudor, entrega y cojones. Su nota saliente en los Mundiales había sido el quinto puesto en Corea y Japón 2002 entre 32 participantes (en 1950 fue cuarto, pero entre 13). La llegada de Rinus Michels al FC Barcelona cambió el mapa del universo futbolístico. El genio de Ámsterdam llevó a Cataluña su fútbol total, la ofensividad y, sobre todo, el tratamiento de pelota. Su semilla germinó en Johan Cruyff y de él en Pep Guardiola. De allí florecieron Luis Enrique y otros. Y España cambió su estilo, nació el tiki taka, esa sublimación del juego consistente en tocar y tocar la bola hasta meterla en el otro arco. Y lo que Rinus no pudo con su Holanda lo logró España justamente frente a su Holanda. Con su receta.

Desde entonces juega a lo grande, a dominar, a gustar, a ganar por el camino más hermoso que el fútbol tiene: el toque, la pausa, el amague, la finta, el regate, la solidaridad de todos, la dinámica, porque quien no se mueve no tiene posibilidad alguna de triunfo. Y la marca, porque ningún equipo inocente marcando puede ganar un campeonato del mundo. Aragonés se retiró, lo sucedió Vicente Del Bosque y España ganó, por fin, un título mundial. En su humildad, el Bigotón reconoció que fue simplemente un continuador: “Mi mérito fue no haber estropeado todo lo bueno que habían hecho antes Luis Aragonés y Pep Guardiola”. 

Tras aquella derrota inicial, La Roja hilvanó seis triunfos consecutivos, los últimos cuatro por apenas 1 a 0. Sin embargo, estableció superioridad sobre todos sus rivales. Sufrió horrores en cuartos de final ante Paraguay. Estando 0 a 0 hubo penal para la Albirroja, pateó Tacuara Cardozo, anunciado y al medio, e Iker Casillas rechazó el disparo. Sobre el final, el notable goleador David Villa marcaría el gol ibérico. Su tarde más lucida fue en semifinal ante Alemania, que venía con paso arrollador tras golear 4-1 a Inglaterra y 4-0 a Argentina. España lo venció 1 a 0 con un cabezazo impresionante de Puyol que era para matar a un caballo. Esa vuelta sonaron los violines y compuso el mejor partido de su trayectoria mundialista. 

Y en la final se quedó con la corona tras superar a Holanda la tarde en que Iniesta se ganó el cielo marcando el gol del título en tiempo extra. También la tarde de la histórica patada en el pecho de Nigel de Jong a Xavi Alonso. Pudo haberle partido media docena de costillas o paralizarle el corazón. Los dos mil millones que miraban por televisión quedaron pasmados, pero el árbitro inglés Howard Webb sólo le mostró amarilla. El gol que decidió el torneo: pase milimétrico de Cesc Fábregas al corazón del área para que ese gran diablo de Iniesta definiera con una bomba cruzada. Gol que puso justicia a quien más buscó, a quien más ambicionó. 

Como en 1998 con Francia, en Sudáfrica 2010 hubo campeón nuevo. Era el Barcelona con otra camiseta. Estaban del Barça los tres cracks del medio, Xavi, Busquets e Iniesta, los dos zaguerazos, Puyol y Piqué, y Pedro adelante. Fueron la base del campeón. Su compañero estrella, Lionel Messi, pasó hambre con una Argentina dirigida pobremente por Diego Maradona. Todas las veces que Leo tocó la pelota, encantó. Él no tuvo la culpa de Argentina equipo y de Maradona técnico. Brasil y Argentina decepcionaron. Llevaron al Mundial dos transatlánticos, llenos de jugadores espectaculares. No llegaron a puerto. Siempre es edificante que haya un nuevo campeón en los Mundiales. Esto suma otra selección a los grandes de la tradición. Tendrá más responsabilidades en las Copas siguientes. Les dará más calidad. En esa línea, España pasó a ser animador estelar en las copas siguientes, y es favorito para el 2026.

“Lo de España es increíble en evolución. Pasó de la extinta Furia roja a ser el más ganador de Eurocopas en 16 años y mostrando por lo menos tres o cuatro equipos de gran nivel en ese lapso. -señala Ricardo Rozo, agudo analista colombiano- Lo que parecía ser una excepción, fruto de una generación dorada (Xavi, Iniesta, Busquets, Casillas, Puyol, Ramos, Villa), resultó ser consecuencia de un desarrollo enorme de su fútbol tanto técnica como tácticamente”. Con España hay otra explicación: sus entrenadores. Empezaron con Luis Aragonés y luego surgieron Del Bosque, Guardiola, Luis Enrique, Arteta, Unai Emery, últimamente Xabi Alonso. Eso entre los técnicos famosos, pero hay docenas menos conocidos por todo el mapamundi. Rodolfo Chisleanschi, periodista argentino que residió treinta años en Madrid, aporta: “Cruyff fue el gran artífice de un cambio que había empezado a esbozarse con la Quinta del Buitre en el Madrid y siguió con Valdano y algunos DT’s jóvenes como Lillo o Víctor Fernández. La Federación cambió radicalmente los programas de enseñanza para futuros entrenadores y los técnicos españoles empezaron a invadir el mundo”. 

Otro tanto pasa con la actuación sudamericana. Como no tuvo al campeón, “el fútbol sudamericano ya no es lo que era”, leímos. Fue, por lejos, la mejor participación sudamericana en la historia moderna de los Mundiales. Un continente de 10 países tuvo cinco en el Mundial, los cinco pasaron a octavos de final (cuatro ganando su grupo), cuatro llegaron a cuartos y uno a semifinal, todos con equipos fuertísimos. Lo notable es que, además de Brasil y Argentina, que siguen siendo potencias (lo mismo que Alemania y Francia, porque eso lo determina la cantidad y calidad de futbolistas y entrenadores que tiene cada uno), se ensanchó la base de calidad. 

Uruguay volvió al lugar que su historia le reclamaba: el de protagonista. Hizo un torneo espectacular, dignísimo, su mejor Mundial desde México ’70 y quedó cuarto con su célebre tridente de ataque: Suárez, Forlán y Cavani.. Derramó sobre el césped la garra de siempre, pero esta vez sin pegar, sin escándalos ni broncas, jugando fútbol. Rescató aquella civilización de futbolistas gloriosos del pasado. El MaestroTabárez merecía un diploma honoris causa. Es muy difícil imaginar una faena mejor que la suya. Por ausencias, la Celeste dio una ventaja demasiado grande frente a Holanda en semifinales. Merecía la final. Cayó sin Lugano, Fucile y Suárez, con Forlán sentido, un hándicap demasiado grande. Y hubo una montañita de fallos adversos del juez: el segundo gol de Holanda en offside, la no expulsión de Van Bommel, un avance de Cavani que se iba solo, cortado por un fuera de juego inexistente, el terrible planchazo de Van Bommel previo al gol de Van Bronckhorst que Irmatov ignoró… 

Diego Forlán se llevó el Balón de Oro por una justa razón: jugó siete partidos maravillosamente bien. Lo merecía por rendimiento, goles, inteligencia, pegada y sentido colectivo. Lo mismo aconteció con el equipo ideal del torneo. Al menos cinco jugadores uruguayos merecieron integrarlo: Victorino, Fucile, Diego Pérez, Forlán y Suárez. Pero si ponemos cinco charrúas en esa selección nos recomendarían hacernos ver por un profesional (la manera elegante de decirle a alguien que está loco). 

El once perfecto del torneo, a nuestro juicio: Casillas (España); Piqué (España), Puyol (España), Fucile (Uruguay); Diego Pérez (Uruguay), Schweinsteiger (Alemania), Thomas Müller (Alemania); Xavi (España), Iniesta (España); Villa (España), Forlán (Uruguay). Ponemos línea de tres porque ningún lateral derecho convenció y porque así incluimos más volantes ofensivos.

Los arbitrajes fueron de malos a peores. Así como el planchazo de De Jong a Xabi Alonso sin expulsión, quedó en la historia el gol insólitamente no concedido a Inglaterra frente a Alemania. Era el 2 a 2 y estaba en franco ataque la selección de Wayne Rooney. Podía suceder cualquier cosa. Pateó Frank Lampard, la bola entró 60 centímetros en el arco y el línea uruguayo Mauricio Espinosa no lo vio. El juego siguió. No hubo explicación posible. A raíz de ello la FIFA implementó en 2012 el “ojo de halcón”, la tecnología de línea de gol. Si la bola entra, una alarma suena en el reloj del árbitro. Nunca más hubo problemas con eso. 

Más allá de aquel gol fantasma, lo de Inglaterra enfureció a la prensa inglesa. A excepción de su título en 1966 y su cuarto puesto de 1990, los Mundiales han sido el karma de los inventores del juego. Para ir a Sudáfrica salieron de los técnicos nacionales e hicieron una contratación estelar: Fabio Capello. Sin embargo, la participación terminó en pesadilla: fue eyectada en octavos de final al caer por goleada (4-1) nada menos que ante Alemania, y eso sí que duele a los hijos de Churchill. “Seis millones de libras al año… pero no vale un centavo”. El Daily Mirror inglés fue bastante menos diplomático que muchas otras instituciones británicas. Sobre una gran foto de Fabio Capello -a doble página- estampó ese título gigante. Los súbditos de la reina hacían cola para despedazar al oneroso Fabio. No obstante, el allenatore italiano aseguró que se quedaría. ¡Para qué…! “Un hombre de honor renunciaría, Capello”, le sugirió a su vez el Daily Mail. Fue la peor humillación inglesa en una Copa Mundial, incluyendo aquella legendaria derrota a manos de Estados Unidos en 1950. Dolió más por el resultado (1-4), el rival (Alemania), y las expectativas de campeonato que alentaba el país. También por la penosa campaña: dos empates ante Estados Unidos y Argelia, y una escueta victoria sobre Eslovenia. La delegación inglesa en Sudáfrica fue todo glamour, trajes costosos y detalles refinados. A la hora de jugar resultó un fiasco colosal.

Fue el Mundial del frío. Por primera vez en 32 años, desde Argentina ’78, la Copa volvió al hemisferio sur y se disputó en invierno. No olvidaremos nunca el partido Brasil 2 – Corea del Norte 1 en Ellis Park, Johannesburgo. No por el juego, sino por los 7 grados bajo cero. Sin embargo, la prensa sudafricana anotó como registro récord la noche de México 2 – Francia 1 en Polokwane con -10,3 grados. Todos los jugadores suplentes tiritaban en el banquillo a pesar de los guantes, gorros y frazadas con que se cubrían.

El fútbol dio otra muestra de su singularidad. Paralizó al mundo: 193 países tomaron parte de esta edición al participar desde la Eliminatoria. Y 214 recibieron las imágenes de los partidos. Las Naciones Unidas estaban compuestas en ese momento por 192 estados. Y 3.200 millones de personas vieron como mínimo un minuto por televisión. Todo dicho. 

Italia, por la astucia de Lippi

Debió ser Sudáfrica 2006, fue Alemania 2006 gracias a un oscuro episodio dirigencial. El 6 de julio de 2000 el comité ejecutivo de la FIFA elegía la sede de ese Mundial, los candidatos eran dos, Sudáfrica y Alemania. Todo estaba dado para que la sufrida África organizara, por fin, su primer megaevento. La votación era pareja, luchada voto a voto. Extraoficialmente se sabía que estaban igualados 12 a 12, en cuyo caso debía desempatar el presidente de la FIFA, Joseph, Blatter, y éste había anunciado que se inclinaría por Sudáfrica. Pero, inesperada y sospechosamente, el representante de Oceanía, Charles Dempsey, quien tenía el mandato de su confederación de sufragar por Sudáfrica, se abstuvo y se retiró del recinto. Y ganó Alemania 12 a 11.

Se desató un escándalo planetario, hubo indignación. Se habló de un arreglo para favorecer a Alemania. Dempsey adujo que recibió presiones muy fuertes. Semanas después renunció a su cargo. En octubre de 2015, la revista alemana Der Spiegel publicó documentos que demostraban que el comité de candidatura alemán había manejado un fondo secreto de 6,7 millones de euros antes de la votación de 2000. La federación germana nunca pudo explicar el destino del dinero, se tapó todo y quedó en nada. Franz Beckenbauer, presidente de la candidatura, quedó muy manchado, mismo en su país y, tras las denuncias, lo “guardaron”.

Pero Alemania montó el Mundial. Que fue muy bonito, con eficiente organización, como era esperable de una nación de gente trabajadora, con servicios públicos magníficos, buena distribución de la riqueza, educación, calidad de vida… Y Beckenbauer fue omnipresente. Su imagen ganó la candidatura, dio confiabilidad al mundo de que las cosas marcharían. Fue un anfitrión perfecto, ofició de comentarista, hasta se casó en medio del Mundial. Siempre con su media sonrisa y su compostura. Genial jugando, campeón entrenando, líder dirigiendo.

Sólo le faltaba coronar a Alemania. Sin embargo, no le daba el potencial. No se puede ser campeón sólo por la camiseta o por la historia. La dirigida por Jürgen Klinsmann estuvo lejos de aquellas Alemanias pródigas en figuras y en carácter. A su vez, Brasil fue el Titanic, se hundió con la mejor embarcación. O tal vez no lo era… Quizás Cafú y Roberto Carlos estaban para el Mundial de veteranos… Los periodistas brasileños hablaron de mala preparación, de que a Carlos Parreira el grupo se le fue de las manos. Se comentó que faltando quince días para el debut Ronaldo estaba con 96 kilos, Adriano quizás más, Kaká remaba solo. Ecuador pasó por primera vez a octavos de final y allí cayó ajustadamente ante Inglaterra.

A Argentina le sobraban fútbol e individualidades para aspirar a todo, pero una decisión del DT José Pekerman derrumbó el castillo de ilusión. En cuartos de final, estando 1-0 arriba de Alemania, hizo un cambio que público y periodismo argentino no le perdonaron nunca: sacó a Hernán Crespo y, en lugar de incluir a Lionel Messi, que ya era la bomba atómica, mandó al campo a Julio Cruz, un buen elemento y punto. Al minuto empató la selección local y Argentina, que había jugado un precioso primer tiempo, quedó como bloqueada. Luego cayó en definición por penales. Con dos centrales grandotes y de enormes limitaciones técnicas -Mertesaker y Metzelder- Messi podría haber hecho un estropicio. Pekerman no lo entendió así y, para muchos, regaló el título.

En tal escenario, con las potencias en dificultades o equivocadas, apareció desde atrás Italia. Que tuvo un camino alfombrado hacia la final. Y lo usufructuó centímetro a centímetro. Al segundo encuentro, La Gazzetta dello Sport escribió: “Tenemos una llave muy afortunada, si sabemos aprovecharla estaremos en la final”. Se dio tal cual. Y así como no fue el gran torneo, tampoco fue el gran campeón. Ni la gran final. Ha sido un rey con ropas modestas. Sucede que los puntos altos de Italia fueron tan altos que taparon la medianía de los bajos. Tan descomunal lo de Cannavaro, Zambrotta, Gattuso y Buffon que disimularon a Luca Toni (un poste), a Totti (no jugó nada), a Iaquinta, a De Rossi, al mismo Camoranesi…

Un equipo que amuralló la entrada de su área y desde allí empezó a trabajar los partidos con paciencia de artesano, administrando cada pequeño tesoro que iba consiguiendo, un centro, un córner, un gol. Fue una Italia sin marcas a presión, sin el catenaccio de otros tiempos, con el sello más liberal de Lippi. ¿Cuánto le debe el calcio a su técnico por este título? Muchísimo. Más de la mitad de la corona la ganó con los cambios audaces ante Alemania en la semifinal. Lippi advirtió a un rival exhausto, vacío de juego, hueco de ideas, escaso de talento. Sacó un medio trajinador (Camoranesi) y mandó un delantero (Iaquinta). Puso a Del Piero por Perrota (delantero por carrilero). Y dejó en campo a Totti, a Pirlo, volantes con vocación ofensiva, a Grosso, lateral que se mandaba continuamente al ataque.

Un hombre con tantos años de fútbol olfatea cuando enfrente no hay nada y dice “a ganar”. Le tiró encima lo poco que tenía y tuvo su premio: la final. Vio entregado al rival y salió a rematarlo. Se dio cuenta que era ahí o nunca. Brillante también cuando mandó la tropa al frente contra República Checa, Ucrania, Ghana. ¡Si no eran nada…! ¿Por qué agrandarlos…?

La Francia de Raymond Domenech, en cambio, fue de muy menos a muy más. Tuvo una primera fase lamentable. El plantel estaba peleado con el técnico y la prensa francesa comentaba que Zidane quería volverse a casa en medio del torneo. Pero clasificó a octavos y volteó a tres pesados en serie: España, Brasil y Portugal. Y llegó a la final como favorito. Italia parecía estar física, anímica y futbolísticamente debajo de Francia. Sin embargo, el triunfo ante Alemania en Dortmund fue como la espinaca para Popeye. Y se llevó la corona.

Lippi sabía que la posibilidad más concreta era empatar y luego tratar de acertar en los penales. Así fue. Tras el 1-1 en tiempo regular y extra, la Azzurra se impuso 5-3 pues David Trezeguet estrelló su tiro en el travesaño. Mucho tuvo que ver, quizás, la insólita expulsión de Zidane por un cabezazo al zaguero Materazzi, uno de los sucesos más comentados de los Mundiales. Iban 20 minutos del suplementario. Esto conmocionó a Francia, su máxima estrella con tarjeta roja. Ya lo habían echado en el Mundial ’98. Fue el mundo al revés: Materazzi debería haber agredido a Zidane, no Zidane a Materazzi.

Un epílogo a tono con un Mundial lujoso por fuera, deshilachado por dentro. Quizá lo más poético fue la columna de Carlos Verdelli en La Gazzetta dello Sport, en la edición del lunes 10 de julio, con la coronación aún fresca: “Una felicidad está invadiendo nuestras calles, nuestras casas. Nosotros, pequeños italianos, con nuestro balón bajo el brazo, en estos momentos estamos en el centro del mundo, y no es una manera de decir… Uno luego se pregunta ¿qué cosa es el fútbol? Un país entero unificado como por encanto. Nada ni nadie podría aspirar a tanto. ¿Puede llamarse deporte una cosa así? ¿Puede decirse que es solamente un juego? ¿Y por qué un juego llega hasta donde la pasión política o religiosa, los divos del rock o del cine ni siquiera sueñan…? Una nación que se recuerda imprevistamente de ser tal cosa sólo gracias a su selección, a los muchachos azzurros. Es uno de los tantos misterios felices de esta hora…Gocémoslo como tal, un misterio por una vez sin sombras de pecado”.

Primer Mundial de dos banderas

Corea-Japón 2002. Así se denominó el primer Mundial compartido entre dos países anfitriones. Y el primero en el continente asiático. En aquel momento pareció una rareza: dos naciones, incluso separadas por el mar, y ¡20 ciudades sede…! Una locura que no se repetiría. Sin embargo, la eficiencia, la responsabilidad y el sentido de organización asiáticos compusieron un torneo fantástico. Nada descarriló. Asombraron los estadios. Veinte colosos totalmente nuevos, gigantescos e impactantes. Otro asombro: Corea del Sur país. La tecnología, el desarrollo, la fuerza, y el espíritu de una pequeña gran nación. De Japón ya sabíamos que encontraríamos algo colosal y así fue.

Fue más eufórico el público coreano, seguramente por su inédito arribo a semifinales, aunque muy ayudado por los arbitrajes, eso sí. Italia estalló tras perder ante Corea 2 a 1. “Escándalo”, “Robo”, “Vergüenza”. Luego fue España la que tronó contra el arbitraje, también tras caer ante Corea. Esto desató grandes críticas y la FIFA se vio obligada a desmantelar su comisión de árbitros.

El mundo estaba sensibilizado. Ocho meses antes¸ el 11 de septiembre de 2001, se habían perpetrado los atentados a las Torres Gemelas. Pero Corea y Japón anunciaron que éste sería “el Mundial de la seguridad”. Y lo fue. Hubo cientos de miles de efectivos de seguridad custodiándolo todo. Mas no fue una presencia hostil, se trató de una combinación de firmeza y cortesía.

João Havelange y Joseph Blatter, presidente y secretario general de la FIFA, le habían prometido el Mundial a Japón varios años antes, y la patria de Hirohito se lanzó a construir grandes estadios, pero, a medida que se fue acercando la elección de la sede, Havelange y Blatter se percataron de que la mayoría del comité ejecutivo estaba volcada hacia Corea del Sur, el otro postulante. Ya casi con la votación encima y viéndose claramente derrotados, brasileño y suizo debieron casi implorarle al Dr. Chung Mong-joon, presidente de la asociación coreana y dueño de la Hyundai, que se aviniera a compartir el Mundial. Chung aceptó y, de paso, evitó el peligro de ir a las urnas. La sede compartida fue acordada. Pero puso como condición que Corea estuviese delante en la denominación del torneo. Y Japón salvó su inversión.

Otra curiosidad de esta Copa asiática: pocos visitantes extranjeros. Y allí era fácil advertirlo por una cuestión racial. Aunque el mundo es redondo y todo es equidistante, evidentemente esa región queda lejos para la mayoría de los futboleros. Y es caro llegar. Todo fue dispuesto magníficamente, eso sí. Estadios, salas de prensa, comunicaciones, transporte, hotelería, centros de entrenamiento. El ítem más flojo era de nueve puntos. Faltó un sólo condimento: calor popular. A ley pareja nadie se queja: todo se dividió al 50%: 32 partidos en cada país, el cotejo inaugural en Seúl y el final en Yokohama.

A los dos anfitriones les fue de perlas: en su segundo Mundial (había debutado recién en 1998), Japón ya ganó su grupo, reflejo del monumental avance de su fútbol, que ha clasificado a las últimas ocho ediciones. Cayó en octavos de final ante la revelación: Turquía. A su vez, Corea del Sur, dirigida por el sagaz holandés Guus Hiddink, no sólo lideró su zona, llegó a las semis tras dejar en el camino a Italia y España con un juego de asfixiante intensidad física. También con varios fallos escandalosos de los árbitros, especialmente del ecuatoriano Byron Moreno, a quien Italia entera acusó abiertamente de estar sobornado. Lo peor sería en cuartos ante España. El juego terminó 0 a 0 y en penales ganó el local. Pero, durante el desarrollo, el colegiado egipcio Gamal Al-Ghandour anuló dos goles legítimos de España. En la patria de Cervantes se lo denominó “El robo del Siglo”, aunque el siglo recién empezaba. No obstante, el tiempo deja estas cosas en anécdota. Y Corea del Sur sigue siendo la única selección asiática en llegar tan lejos.

Fue el cuarto Mundial con el promedio más bajo de gol (2,52) y no hubo estrellas. Si acaso, Ronaldo Nazario, por los goles y por terminar campeón, pero tampoco deslumbró. Más gustó Ronaldinho. El genio estaba dentro suyo. Atrevido, irreverente, con alegría en el rostro y en los zapatos. Un año después llegaría al Barcelona y el mundo se rendiría ante él.

Lo increíble, que dejó perplejo a los hinchas del mundo, es que la FIFA otorgó el Balón de Oro del Mundial a Oliver Khan, quien tuvo una muy floja final. Falla grave en el primer gol y una acción poco feliz en el segundo. Al minuto 69, Rivaldo remató al arco, un tiro normal, a las manos de Khan, la bola se le escurrió y dio un rebote largo, sirviéndole la pelota a Ronaldo para que abriera el marcador. Y a los 79, centro al ras de Kleberson, Rivaldo dejó pasar el esférico entre sus piernas engañando a la defensa rival y Ronaldo, con tiro no violento, sí ajustado al palo derecho, aumentó y fijó cifras finales. Un disparo bien dirigido, pero atajable. La FIFA designó mejor jugador del Mundial al máximo responsable de perder la final.

Lo mejor estuvo a cargo de las selecciones “chicas”. Para empezar, Turquía, un auténtico equipazo perjudicado por los jueces en los dos partidos con Brasil. Corea del Sur, Senegal, Japón, Estados Unidos, Costa Rica, Irlanda… Y Ecuador, que no desentonó y se llevó una victoria nada menos que ante Croacia.

El juego inaugural resultó un campanazo de los más resaltantes de la historia. En Seúl, el debutante Senegal, con un juego muy atractivo venció 1-0 al campeón vigente, Francia, que presentó en su formación diez de los campeones del torneo anterior. Aunque no estuvo Zidane, su líder y estrella. Se había lesionado unos días antes en un amistoso. Recién volvió en el último cotejo, ante Dinamarca (0-2). Fue la causa principal del desastre “bleu”. La selección del gallito se volvió temprano a casa sin siquiera marcar un gol. Y teniendo a Henry y Trezeguet en ataque… Nunca un campeón hizo una defensa más ruin de su corona.

Gracias a sus eternas brillantes individualidades, Brasil llegó nuevamente a dirimir el título, como en 1994 y 1998. Tres finales consecutivas, igual que Alemania en 1982, 1986 y 1990. Pero Brasil con dos coronaciones contra una de los germanos. En las tres de Brasil estuvo presente Cafú, quien levantó la Copa en Japón.

Las dos superpotencias futbolísticas se encontraron por primera y única vez en la final. Alemania llegaba por séptima ocasión a una definición, Brasil por sexta (y última). Alemania alcanzó el juego definitorio con un equipo menos que discreto, pleno de nombres olvidables. Acaso su única figura era el arquero Oliver Khan (y falló). Pero en el trámite no fue mucho menos que Brasil, aunque este supo concretar y ganó 2 a 0. Así es este juego.

El quinto título llegó con un récord imbatido: es el único campeón que ganó los 7 cotejos disputados. En 1970 Brasil también había triunfado en todos sus compromisos, pero fueron seis, porque jugaban menos equipos.

La Canarinha fue una expresión propia de su notable entrenador Luiz Felipe Scolari. No muy lucida (ningún parecido con el jogo bonito, abolido por el mismo Brasil en 1994), aunque sí compacta, de enorme confiabilidad. La objetividad habla: tuvo la delantera más eficaz (18 goles), una defensa poco batida (4 caídas), el goleador (Ronaldo), la estrella (Ronaldinho), el mejor arquero (Marcos). Estamos hablando de un campeón sólido en números. ¿Qué le faltó…? Más fantasía.

Zidane y el fútbol champán

París era una de las pocas grandes capitales del mundo sin un estadio de fútbol que hiciera honor a su magnificencia. La organización del Mundial ’98 fue la excusa para edificar el majestuoso Stade de France, escenario acorde a la grandeza de una nación que es al mismo tiempo poderosa y exquisita, Tiene la imponencia de la Tour Eiffel y el charme de Champs Elysees. Hasta ese momento, sin duda, el más grande, confortable y hermoso del mundo. El detalle diferente: íntegramente techado, desde afuera semeja a un plato volador.

Allí, el 12 de julio, en el suburbio de Saint Denis, 80.000 aficionados pusieron marco a la mayor demostración de fútbol champán. Francia aplastó a Brasil en la final 3 a 0 y abrazó por primera vez la gloria de esa copa ingeniada por uno de sus hijos ilustres, Jules Rimet. Era un medio que, a partir de Michel Platini y una generación brillante, había empezado a dar pruebas de excelencia, a procrear brillantes futbolistas y en “su” Copa de 1998 finalmente coronó. Fue la Francia multicultural, compuesta por jugadores de las más diversas procedencias y orígenes (africanos, caribeños, europeos). Zidane hijo de argelinos, Thuram de la isla de Guadalupe, Djorkaeff y Boghossian con ancestros armenios, Trezeguet argentino de crianza y futbolísticamente, Desailly nacido en Ghana, Karembeu en Nueva Caledonia, Vieira en Senegal… Todo ese combo floreció en un producto fantásticamente ensamblado por Aimé Jacquet.

Cuatro días antes de comenzar el torneo daba comienzo la era Blatter. En Chicago 1994, durante el Congreso de la FIFA, João Havelange debió conjurar un alzamiento de África y Asia, que pretendían más derechos y participación. El brasileño, viendo que perdía la presidencia, prometió que, si lo votaban allí, daría más cupos a esos continentes y se alejaría en 1998. Cumplió: la Copa pasó de 24 a 32 equipos, África y Asia aumentaron sus plazas de tres a cinco y en París asumió su mano derecha, el suizo Joseph Blatter. Gobernaría durante 17 años.

Históricamente, Francia jugaba un fútbol vistoso, aunque sin grandes resultados, apenas el tercer puesto mundialista en Suecia 1958 gracias a la habilidad de Kopa y los goles de Fontaine. Ausente en los Mundiales de 1962, 1970 y 1974, en Argentina ’78 apareció una Francia nueva con una camada virtuosa, la de Platini, Lacombe, Tresor, Bossis, Battiston, Rocheteau, Didier Six. Era comandada por un magnífico entrenador, que propiciaba el fútbol técnico y ofensivo: Michel Hidalgo. Allí mostró destellos importantes, aunque no pasó de primera fase. Sin embargo, en 1982 desplegó un juego precioso y logró el cuarto puesto, aunque estaba para campeón. Fue el trampolín para su primer impacto internacional: la Eurocopa de 1984. Siempre conducido por Hidalgo y con un Platini fabuloso. Francia había entrado, por fin, en otra esfera de importancia. Pero pasarían catorce años hasta dar el golpe grande: ganar un Mundial. Fue en este 1998, de la mano del exquisito Zinedine Zidane y de un técnico de perfil bajo con capacidad alta: Aimé Jacquet.

La prensa francesa, siempre tan sabihonda, maltrató con obstinación al iluminado comandante. En el caso del fútbol, a veces las críticas, como señalara el mismo Jacquet, “son desmesuradas, perniciosas y deshonestas”. Jacquet lo decía básicamente por el diario “L’Equipe”, que lo persiguió despiadadamente durante cinco años, los que estuvo al frente de la Selección. Y en los 53 partidos que Jacquet dirigió, Francia perdió apenas 3, fue una máquina futbolística y se consagró campeón del mundo. Después pasó lo de siempre: “L’Equipe” hizo un mea culpa titulando “Perdón, Jacquet”, pero ya era tarde. Los periodistas pretendían saber de fútbol más que el técnico. Jacquet se retiró tras levantar la Copa.

Fue la consagración mundial de un jugador legendario: Zinedine Zidane. Crack universal, en la final el marsellés fue un demonio imparable para el mediocampo brasileño, el conductor y el arpón. Al término del primer tiempo ya había marcado dos goles de cabeza notables, en ambos casos anticipando al insípido Dunga. Thuram le siguió en orden de prestación. Clausuró su punta, subió como una topadora, transmitió su temple. Didier Deschamps fue un capitán inmenso, un líder templado que, además, hizo todo bien con la pelota. Extraordinario mariscal que luego sería campeón con Francia en Rusia 2018, ya como DT.

Llamó la atención que Jacquet, ante Brasil, decidiera dejar en la banca a dos delanteros exuberantes como Thierry Henry y David Trezeguet, pero tal vez desconfió de la edad: ambos tenían 20 años. Prefirió a Stephane Guivarc’h, discreto centrodelantero del Auxerre, de único punta, acompañado de tres volantes armadores de buen pie como Djorkaeff, Zidane y Petit. Pero los técnicos saben más que nadie de esto. Y le salió perfecto. Cuando un equipo entra al campo a disputar una final con tal grado de determinación y confianza, la más gruesa porción de mérito corresponde al comandante, no a los soldados.

Francia era desde la óptica futbolera, una rareza: nación latina, de Europa occidental, vecina de los inventores del juego, rodeada por Italia y España, estuvo un siglo dando la espalda a la redonda, sentía más la ovalada del rugby, hasta que consiguió abrazarse a la Copa del Mundo y ahí entendió el porqué de la pasión que este juego genera. Más de dos millones de franceses, orgullosísimos, colapsaron Champs Elysées para emborracharse de gloria.

La coronación llegó de la manera soñada: con un equipo fantástico, que representó al fútbol francés que toda la vida intentó jugar bien, como mandan los manuales, y azotando en la final nada menos que a Brasil. Francia fue un gran campeón, que ganó 6 partidos y empató uno, ante la siempre compacta Italia, la eterna amante del 0 a 0. La Tricolor marcó 15 goles y recibió apenas 2, uno de ellos de penal. Nunca un campeón encajó menos goles, y esos dos fueron convertidos por auténticos fenómenos: Michael Laudrup, de Dinamarca y Davor Suker, de Croacia. Fue producto, especialmente, de una defensa extraordinaria. Fabien Barthez, notable arquero del Mónaco, el sensacional lateral Lilian Thuram, Laurent Blanc, Marcel Desailly y el vasco Bixente Lizarazu en la banda izquierda. Como si su notable eficiencia y seriedad en la marca no bastaran, Thuram marcó los dos tantos franceses para dar vuelta la semifinal ante Croacia y ganar por 2 a 1.

A su vez, el exquisito Laurent Blanc anotó el único gol ante el heroico Paraguay en octavos de final. Un gol dorado, porque sirvió para avanzar de fase ante un Paraguay macizo, luchador, que parecía invencible. Y porque fue la primera vez que en un Mundial se ponía en práctica el Gol de Oro. En tiempo extra, el que marcaba primero ganaba, allí terminaba el partido. En el minuto 113 Trezeguet le bajó magistralmente de cabeza una pelota al zaguero y este convirtió ante un Chilavert colosal. Fue el partido más terrible que debió sortear Francia.

Brasil, como siempre, plagado de figuras, no gustó por el juego conservador propuesto por Mario Zagallo. Contaba con Bebeto, Ronaldo, Rivaldo, Cafú, Aldair, Roberto Carlos, Leonardo. Sin embargo, jugó a la retranca, esperando, calculando, especulando, sacando cuentas…. Llegó a la final por inercia. Allí se encontró con una Francia potente y ambiciosa, que tomó la delantera y fue por el triunfo desde el momento mismo del silbatazo inicial. Francia entró en la historia como un grande.

Fútbol en la patria del béisbol

A las tres de la tarde del 17 de junio de 1994, hora del puntapié inicial de Estados Unidos 1994, hacía más de 45 grados en las gradas (en el campo eran 50, según informaron). A orillas del lago Michigan la sofocante humedad tornaba irrespirable la tarde. Nunca vivimos algo igual. Fue el día del cotejo inaugural, cuando el Mundial desembarcó en el único país que le dio obstinadamente la espalda al fútbol.

Los gigantescos estadios norteamericanos eran casi todos de una sola bandeja y no tenían una mínima visera que protegiera del sol. En la tribuna de enfrente, los presidentes de Estados Unidos, Bill Clinton, y de Bolivia, Gonzalo Sánchez de Lozada, hasta se quitaron el saco, se aflojaron la corbata y se arremangaron para soportar el bochorno. Abajo, Alemania y Bolivia hicieron un partido soso, comprensible por la infernal temperatura. Fue la mejor Bolivia que hayamos visto. Muy competitiva, la del vasco Azkargorta. La de Etcheverry, Baldivieso, Platiní Sánchez, Melgar… Era todo parejo hasta que un infortunado resbalón del arquero Trucco le dejó el gol servido a Jürgen Klinsmann y ganó el campeón del mundo 1 a 0.

La asistencia plena de 63.117 espectadores fue una muestra de lo que vendría: EE.UU. ’94 es, hasta hoy, el Mundial con mayor cantidad de público de los veintidós disputados, con 3.587.538 boletos vendidos en 52 partidos (68.991 por partido).

De Uruguay 1930, en que el torneo se jugó en veinte cuadras a la redonda, se pasó a EE.UU: ‘94 en un territorio muy vasto, con nueve sedes, algunas a distancias increíbles de otras, como Boston y San Francisco separadas por 4.338 kilómetros y 5 horas y media de avión. Como si un partido se jugara en Buenos Aires y el siguiente en Bogotá. Semejante lejanía hizo que el evento se desmembrara y cada contingente de hinchas y periodistas se instalara junto a la delegación de su país. Difícil y caro viajar para seguir a los equipos.

Se lo promocionó como el Mundial del modernismo y la tecnología, pero resultó mucho más modesto de lo imaginado. A diferencia de los anteriores, no lo asumió el país sino empresas privadas, y no se gastó un solo dólar en arreglos o remodelaciones específicas para la Copa. Austeridad, instalaciones precarias, baños químicos… La inversión fue nula, se utilizaron estadios de fútbol americano ya existentes. Recordamos a Andrés Mendoza, colega ecuatoriano, director de radio Atalaya, quien llegó a San Francisco en el último tramo de la competencia; su primera sensación fue de estupor: “Nunca hubiese imaginado que los estadios fueran tan feos. El de Los Ángeles es absolutamente común, sin la menor espectacularidad, pero el de San Francisco es feo y viejo. Viéndolos por televisión pensé que eran fantásticos, pero éste es de madera, apoyada sobre tierra. Los accesos son malos, con caminos de tierra polvorienta. Increíble”. En efecto, el coloso de Stanford, en Palo Alto, era íntegro de tablones y los pasillos eran de tierra, aunque igual era un óvalo perfecto, arquitectónicamente bonito. Pero sí, tratándose de Estados Unidos, uno esperaba otra cosa.

Como copresidente de Francia ’98, el siguiente torneo, Michel Platini recorrió instalaciones, tomó notas. Cuando le pidieron su opinión sobre la organización del torneo norteamericano, respondió con ironía: “Simpática”. Luego agregó una frase fantástica: “Hicieron extraordinariamente bien lo mínimo”. Tal cual. Eso permitió que fuera el único Mundial con ganancias: más de 3.000 millones de dólares.

Pero la FIFA acertó un gol de arco a arco: llevó el fútbol al país número uno del planeta y quedó instaurado. A dos días del comienzo del Mundial, una encuesta reflejó que ocho de cada diez habitantes “gringos” (no de las colonias latinas o italiana) no sabían qué era la World Cup; veinticinco días después se batían récords de audiencia televisiva. En el duelo EE.UU. 0 – Brasil 1 la cadena ABC alcanzó un rating histórico de 10,5 puntos (unos 32 millones de telespectadores). Con un agregado: a la misma hora jugaron los Yankees un partido de béisbol de cierta relevancia y no fue nadie. El New York Post exhibió un gran olfato periodístico: en una página insertó una foto del choque EE.UU.- Brasil con 84.147 personas; en la otra, una imagen del Yankee Stadium semidesierto.

David Downs, funcionario de ABC, que compró los derechos, no podía creerlo: “Hasta yo estoy sorprendido por la respuesta de la gente a esta Copa del Mundo, nuestras previsiones más optimistas fueron superadas en un 75%”. Curtis Pires, portavoz de la cadena ESPN (cadena de cable), graficó: “Pondré un solo ejemplo: Suecia-Arabia Saudita, un encuentro no muy atrayente en teoría y dos países que no tienen fuerte presencia étnica en Estados Unidos, tuvieron un rating de seis millones de espectadores. Increíblemente, superó a la final de Wimbledon, transmitida por NBC (un canal abierto), y donde jugaba un norteamericano, Pete Sampras”. 

Lo más increíble fue que en los partidos de “los USA” se entonó el “iu-e-sei… iu-e-sei…” a la usanza de las otras hinchadas. Mucho tuvo que ver el temperamental equipo de Bora Milutinovic, con Alexi Lalas y Marcelo Balboa liderando desde la zaga. El entusiasmo dio frutos: al año siguiente se creó la liga estadounidense (MLS), hoy la de mayor crecimiento mundial.

El fútbol propiamente dicho fue la parte más atrayente de USA ’94. Buenos espectáculos, se mejoró el oprobioso juego de Italia ’90, con muchos goles, menos expulsiones y debutó la nueva regla de tres puntos a la victoria. Lastimosamente, quedó la imagen de la desangelada final entre Brasil e Italia -0 a 0 y definida por penales-. Brasil no fue el equipo carnavalesco y ofensivo de otros Mundiales, era muy utilitario, marca Parreira. Defendía mucho y dejaba dos puntas arriba -Romario y Bebeto-, que con espacios hicieron los estragos suficientes. Fue justo ganador, supo ser campeón. Italia llegó a la definición por oficio, por tenacidad y por un iluminadísimo Roberto Baggio.

Baggio, que arribó con el rótulo de Balón de Oro 1993, tuvo un comienzo tan decepcionante que la prensa italiana clamaba para que lo sacaran: “Si eres una señorita vuelve a casa y pon una perfumería”, decían algunos periodistas. Pero Roby tuvo una fase final sensacional y con cinco goles puso a Italia en la final. El destino, cruel, le reservó la fruta amarga: en la definición del título por penales su disparo, el último, se elevó hacia el cielo y Brasil se coronó campeón.

Colombia era, para muchos, uno de los favoritos al título por su fútbol atildado y sus estrellas, que habían aplastado a Argentina 5 a 0. Resultó estrellado, eliminado en primera fase y el retorno a casa fue duro, enmarcado por la tragedia de Andrés Escobar.

 Argentina, con Alfio Basile en el banco, presentó una selección espectacular en cuanto a nombres y fútbol. Parecía encaminarse sin dudas al título, jugaba bien, era ofensivo y tuvo un arranque arrollador, hasta que le explotó una bomba en las manos: Maradona fue encontrado positivo en el control antidoping y obligado a abandonar el torneo. El impacto desmoronó a todo el equipo. “Me cortaron las piernas”, fue la célebre frase de Diego, que siempre negó haberse dopado. Quienes lo vivieron, no olvidarán nunca a la enfermera rubia que fue a buscarlo con un policía hasta el centro del campo para llevarlo a hacer el control. Maradona iba sonriente a la silla eléctrica…

Fue la foto del Mundial, acaso más que la de Romario levantando la Copa.

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